Hace muchos años, por allá de 1987, en un pequeño país de Centroamérica, un aprendiz de dictador llamado Oscar Arias recibe el premio nóbel de la paz. Su nuevo traje, al igual que el emperador idiota del cuento de Hans Cristian Andensen, lo hizo sentirse superior y mejor vestido que cualquiera, claro, cual mortal osaba siquiera comparársele.
Escuchar a Oscar Arias, referirse a su niñez, con ocasión de la llegada del tren a Heredia, me hizo recordar una anécdota que muchos de sus ex compañeros de escuela cuentan. Según Arias al salir de lecciones de la escuela República de Argentina, iban a ver la llegada del tren, situada a unos 500 metros y a jugar "bola" en sus cercanías.